Testimonio de Elena. «Dios quiso que sólo ella fuera la autora de lo sucedido»

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Gente rezando a la beata Madre Catalina.

Noviembre de 1999 – Buenos Aires.

“A Horacio, mi esposo, le diagnosticaron el día 15 de septiembre de 1999, por medio de una ecografía, un cáncer secundario de hígado y el 17 de septiembre se le efectúa una TAC (tomografía axial computarizada) donde se comprueba un cáncer de páncreas con metástasis en hígado. Los médicos evaluaron una sobrevida de 15 a 20 días a partir del 24 de septiembre.

Él nunca tuvo fe ni fue creyente, no era un “ateo pacífico”, todo lo contrario, renegaba de los católicos, se oponía a que participara de misa y trataba por todos los medios con palabras y hechos de demostrarlo. Era un verdadero luchador contra los católicos y se burlaba de ellos.

Sabiendo yo que iba a morir le pido que me permitiera traer un sacerdote y se negó, siempre afirmaba que fue una buena persona y nada tenía que temer. Él sabía de su enfermedad (Adeno carcinoma de páncreas con metástasis en hígado), que era incurable y que las probabilidades de vida que tenía eran casi nulas.

Terminó diciéndome que no insistiera más. El sacerdote que visité en la Iglesia Guadalupe y el padre que lo visitaba a mi pedido en el Hospital Británico, me consolaban diciéndome que no me angustiara, que Dios era infinitamente misericordioso. Por último mi hija Victoria me pidió que no le hablara más del tema porque era contraproducente.

El domingo 31 de octubre luego de misa, en un café que compartía con mis amigos que tanto apoyo me daban en esta prueba tan dura que el Señor en enviaba, Gloria se ofreció a llamar a un Padre para que haciéndose pasar por un amigo de la casa tratara de darle la unción de los enfermos “pues algo ayudaba”. Ese domingo a las 22 horas su estado se agravó (el certificado dice que su estado era coma II/III, respondiendo sólo a estímulos dolorosos) y le comenté a Santiago, amigo de mi hija, que vendría en esos días un sacerdote; el inmediatamente se ofreció a llamar al Padre Arturo que había casado a sus dos hermanos. Fue así que trató de comunicarse y era imposible. Ya tarde se consiguió hablar con él y esa misma noche a eso de las 23,30 horas llegó. 

El padre se presentó y para mi sorpresa vestía los hábitos y se colocó la estola. Le expliqué que estaba en coma y que no era creyente, a los pocos minutos entramos al cuarto, prendí la luz de su mesa y el sacerdote llamándolo por su nombre se presentó: “soy el Padre Arturo y te vengo a curar” le dijo, mi marido se reclinó en la cama, abrió los ojos, le estiró la mano, lo saludó diciéndole: “Sí Padre, pero yo en esas cosas no creo”.

No puedo precisar el tiempo pero al rato el padre se acercó hasta el living donde estábamos todos y nos dijo que lo había confesado. Yo sólo pude llorar. Un sacerdote al que no conocíamos había hecho el milagro de que mi marido recibiera en su corazón a Dios. Luego el Sacerdote nos hizo pasar al cuarto, mi marido seguía medio reclinado, con los ojos abiertos, ahí presenciamos con mis hijos el momento más sublime y maravilloso de nuestras vidas. El padre le dio la unción de los enfermos, el clima era de paz y gozo pleno, en ese momento no queríamos, ni deseábamos nada más. Mi marido acompañó la ceremonia y rezaba con nosotros. Cuando nos dio la bendición mi marido quiso hacer la Señal de la Cruz pero no tenía fuerzas y otra vez el padre lo ayudó, tomando su mano y haciéndole la Cruz sobre su palma. Por dos veces seguidas Horacio le agradeció al padre su presencia. Luego el padre se retiró y mi marido volvió a su coma del que no salió hasta que fallece el día 3 de noviembre a la mañana.

El certificado médico del clínico que lo atendía que da cuenta que el día 2 a la mañana mi marido estaba en coma III/IV. Es muy difícil explicar con palabras los momentos vividos. De un acérrimo que se ufanaba de ello, que estaba en coma, pasó a aceptar ser confesado y a rezar con nosotros.

Hasta aquí lo vivido. Pero también debo relatar, que al saber que humanamente su enfermedad no tenía cura, comencé a pensar que promesa podía hacer y ahí recordé un sermón del domingo “Dios no quiere promesas sino hechos”. Mientras meditaba sus palabras, me acordé de la Madre Catalina y fue a ella a quien le pedí que si salvaba su cuerpo o su alma yo iba a dar testimonio de ello. Todo el Instituto comenzó a hacer oración todos días a las 22 horas, cada uno rezaba la oración de la Madre pidiendo por mi marido.

Dios quiso que sólo ella fuera la autora de lo sucedido. La saludo a Ud. con mi mayor consideración”. Elena

Conoce otras gracias por intercesión de la beata Madre Catalina