Invitados a la danza de lo paradójico

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10.03.2020. Comunicación @MadreCatalina Hnas. Esclavas del Corazón de Jesús.

“Cambiaste mi luto en Danza” (Sal 30, 12). Esa “escuela de danzantes” que llamamos Cuaresma. Autora: Dolores Aleixandre. Teóloga

«¡Salgan de sus tinieblas! Dejen atrás la seguridad del valle y emprendan sin miedo la subida al monte, porque arriba los espera la luz!». Esta podría ser la propuesta del evangelio de la transfiguración.

«Renuncien a sus ideas equivocadas sobre Dios y a lo que creen que es pérdida o ganancia, abran a la novedad absoluta de Jesús y de su Evangelio, atrévanse a romper con la búsqueda codiciosa y obsesiva de ganar, poseer, conservar y, en lugar de ello, arriésguense en un camino inverso de pérdida, derroche y entrega, sin más garantía que Su palabra.

Estén dispuestos al vuelco radical que supone llegar a «pensar y sentir como Dios» y a conformar con los criterios del Evangelio la idea de lo que es luz y oscuridad, salvar la vida o perderla. Compórtense como los verdaderos discípulos, dispóngase a romper con los viejos esquemas mentales, a cambiar de lenguaje y de significados, a cuestionar vuestra propia lógica y las ideas aprendidas en otras escuelas.

Presten oído a la promesa del único Maestro: «Al que se venga conmigo, voy a llevarle a la «ganancia» por el extraño camino de la «pérdida»: ese es el camino mío y no conozco otro. La única condición que pongo al que quiera seguirme, es que esté dispuesto a fiarse de mí y de mi propia manera de salvar su vida, que sea capaz de confiármela, como yo la confío a Aquél de quien la recibo. La suya será siempre una vida sin garantía y sin pruebas, en el asombro siempre renovado de la confianza: por eso no puedo dar más motivos que el de «por mi causa».

Permanezcan en lo alto del monte «firmes como si verán al Invisible» (He 11,27), hasta que la prioridad del Señor y su Reino polarice y relativice todo lo demás, hasta que vuestras pequeñas preocupaciones y temores vayan pasando a segundo término y la lógica de lo evidente se quede atrás.

La luz de la transfiguración nos atrae a una manera de creer en la que la fe no es una manera de saber o de comprender, sino la decisión de fiarnos de Otro, y de exponer la vida entera a una Palabra que hará saltar los límites de vuestros oscuros hábitos y valoraciones.

Entren en esa danza y vuestra vida entera se convertirá en una apuesta arriesgada, más allá de cualquier pretensión de poseer certezas definitivas.

En la plaza
Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,
llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado.

No es bueno
quedarse en la orilla
como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca.
Sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha
de fluir y perderse,
encontrándose en el movimiento con que el gran corazón
de los hombres palpita extendido.

Como ese que vive ahí, ignoro en qué piso,
y le he visto bajar por unas escaleras
y adentrarse valientemente entre la multitud y perderse.
La gran masa pasaba. Pero era reconocible el diminuto corazón afluido.
Allí, ¿quién lo reconocería? Allí con esperanza, con resolución o con fe, con temeroso denuedo,
con silenciosa humildad, allí él también
transcurría.

Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia.
Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo,
un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano,
su gran mano que rozaba las frentes unidas y las reconfortaba.
Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,
con los ojos extraños y la interrogación en la boca,
quisieras algo preguntar a tu imagen,
no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.

Entra despacio, como el bañista que, temeroso,
con mucho amor y recelo al agua,
introduce primero sus pies en la espuma,
y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide.
Y ahora con el agua en la cintura todavía no se confía.
Pero él extiende sus brazos, abre al fin sus dos brazos
Y se entrega completo.
Y allí fuerte se reconoce, y crece y se lanza,
y avanza y levanta espumas, y salta y confía,
y hiende y late en las aguas vivas, y canta, y es joven.

Así, entra con pies desnudos. Entra en el hervor, en la plaza.
Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo.
¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir
para ser él también el unánime corazón que le alcanza!

(Vicente Aleixandre)

Invitados a la danza de lo excéntrico 

Cuaresma, tiempo para despojarse el equipaje inútil.