Cuaresma. Tiempo para despojarse del equipaje inútil

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El gesto que inaugura la Cuaresma nos invita a hacer cenizas nuestro viejo corazón en pecado, y a dejar que el fuego calcine en nosotros y en la humanidad entera, toda violencia, toda represión, toda prepotencia, todo miedo.
Comenzamos con una celebración en la que la Iglesia nos convoca a dejar que el Espíritu renueve nuestros corazones para que, del polvo de nuestras cenizas, puedan brotar la vida y la fiesta.
La Cuaresma es un tiempo de gracia, una invitación del Dios que quiere encontrarnos de una manera nueva y llevarnos más lejos en el camino que lleva a la Vida. En apariencia, ese camino parece conducir a la muerte: una cruz se perfila en el horizonte, y quizá nos asalta el deseo de darnos la vuelta. Pero el que se decide a avanzar confiadamente cuesta arriba,  hará la experiencia de que esa subida dura e incierta, desemboca en una vida más auténtica, y comienza a entender las palabras de Jesús: “El que pierda la vida por mí, la ganará”.

Del polvo de nuestras cenizas, puedan brotar la vida y la fiesta.

El ayuno al que nos convoca la cuaresma es verdadero cuando nos despojamos de tanto equipaje inútil, cuando tomamos contacto con nuestra pobreza radical, cuando nos convertimos en constructores de reconciliación y de libertad, cuando compartimos sin calcular con aquellos que viven despojados de lo necesario. Ese es el ayuno que Dios quiere y el que nos prepara para que, al fin, El encuentre un sitio en el fondo de nosotros mismos.
Y es entonces cuando nos damos cuenta de que la verdadera fiesta es interior y que es el Espíritu el que la suscita en nuestros corazones, si estamos dispuestos a acogerla. Pero para ello necesitamos pararnos, encontrar tiempos y espacios de interiorización en medio de nuestro ajetreo, para que se despierte en nosotros el deseo de encontrarnos con Jesús.

Propuestas de las Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús

Ejercicios Espirituales Ignacianos de Cuaresma en Villa Allende