21 años de misión. «Pusimos la casa en medio de las aldeas»

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Escribe: Lelia Ines Bulacio ecj. misionera en Benín (África)

Este compartir el día a día con los africanos cumple 21 años. Empezamos desde Parakou hasta la frontera con Nigeria, abriendo caminos que nos trajeron, no hace mucho, a Kpari.

Dejamos atrás el tiempo de pioneras y de exclusivas nómadas para arrimarnos a sus vidas y pusimos la casa en medio de las aldeas. Esto nos permitió abrirnos al mundo de la infancia, que en esta cultura nos parecían, hasta ahora, extras de películas, siempre al fondo, relleno y parte del paisaje, dispuestos a saludar y a correr detrás de la camioneta.

Por eso el año pasado decidimos iniciar un proyecto (PAEFE), esto es recuperar los niños excluidos del sistema escolar, que resultaron ser más de lo que pensábamos.

Porque tratar de que esa niñez sea una realidad, que no sean «adultos precoces»,  y  contenerlos nos parecía una urgencia. Y así los invitamos a entrar y de pronto,  la casa se llenó de niños y preadolescentes, algunos ya casi que adultos a golpes de años, de acelerados procesos y de mucha mala suerte.

Ellos vinieron trayendo la alegría, la ternura contagiosa y tímidamente, de a poco, aprendieron a compartir abrazos, y a reconocer los gestos de cariño de quienes los queremos bien, quizás un descubrimiento inédito en sus pequeñas historias tan llenas de abandonos, de pérdidas, de extrema pobreza, que los obligan a contentarse con sobrevivir.

También nos trajeron sus penas, las lágrimas a veces silenciosas o escondidas,  creyendo que no es un derecho  ser consolados.

Nos hicieron partícipes de peleas, caprichos de los entusiasmos pasajeros e inconstantes propios de la edad. Y  los vaivenes adolescentes, las sorpresas y descubrimientos de un millar de cosas, para nosotras tan obvias y comunes.

Con ellos aprendimos a maravillarnos de lo cotidiano, a saltar de alegría por los regalos que brinda una vida normal y sencilla donde no sobra nada y todo se aprovecha.

Pero lo más importante es que con cada uno de ellos, se abren puertas o ventanas , algunas muy pequeñas aún, que nos permiten asomarnos a un mundo lleno de historias, que hay que aprender a descifrar con paciencia, a una sinfonía de lazos familiares cuya partitura todavía no sabemos leer del todo.

Quizás porque lo que suena a drama no es más que un compás que se repite y es parte de la vida que se acepta en armonía con el límite que somos; lo que suena a tragedia es sólo resiliecia; y que aún debemos aprender que los silencios no tienen que ser llenados de palabras y argumentos porque desentonan, sólo necesitan respeto.

No tenemos respuesta para todos, nos desborda la necesidad creciente, pero nos mantiene despiertas la esperanza, como un don inesperado para saber aceptar esas preguntas, que al menos por ahora, no tienen respuestas y que dejan un espacio tan, pero tan grande,  que sólo el amor,  con todo lo que éste  significa, puede llenar.

En eso nos empeñamos en nuestro día a día, por eso seguimos junto a ellos, en este largo y difícil camino.

El Amor va obrando sus milagros y estamos seguras que, si lo dejamos, nos inundará hasta rebozar los limites de nuestros esfuerzos y desgastes, haciéndolos fecundos y reparadores.

«Crecimos en cercanía» 

Audio desde Benín, agradecemos a Hna. Florencia ecj. por la comunicación.

Haciendo el pan, con receta Catalina  

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